Artículos de Opinión

PERIODISTAS: VIVIENDO EN UN ESTANQUE DE TIBURONES
28 julio, 2020
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PERIODISTAS: VIVIENDO EN UN ESTANQUE DE TIBURONES

*Por: Aquilino Ortega Luna*

El periodismo agoniza, pero el “show” debe continuar…

No importa lo que pase ni cuántos valientes soldados de las letras periodísticas perezcan en el recorrido y fragor de la batalla, el “show” debe seguir y el periodismo ha de sobrevivir.

El periodismo debe matenerse vivo, pese a aquellos que alimentan a los tiburones de la envidia, en el estanque de la vida, con carne de sacrificio.

En la actual lucha para conquistar el favor del público, el periodista bueno (condición obligada para serlo) comparte aguas con depredadores insaciables que confunden tinta con sangre y la siguen como los temidos escualos.

Los valores, la ética, y el talento ya no pesan en el ejercicio del nuevo periodismo.

Es más importante la influencia de los padrinos y si son politiqueros con poder o con cuentas de más de seis cifras en el banco.

Hoy la pluma certera vale solo “al servicio de su Majestad”, la política, pero gracias a Dios aún quedan paladines que defieden la independencia y la auténtica libertad de expresión.

Yo comencé a hacer periodismo en el fragor de la batalla política entre civilistas y “norieguistas”, al calor sofocante del invierno de 1984 y su consiguiente verano, y entre las angostas calles de El Chorrillo, San Felipe y la más augusta Plaza Porras, allí entonces, entendí el peso de la información veraz.

Esa información, que publicada en prensa, ahora es historia….

Hacer noticias hace 35 años era un privilegio cedido a pocos; los escogidos para ser casi la voz de la verdad, los relatores de los hechos.

La credibilidad era entonces la única tarjeta de presentación válida, atributo perdido en el recuerdo, junto con el contacto personal o “face to face”.

La reputación era un valor que se añadía al apellido y se cotizaba con creces en la bolsa laboral.

Así lo aprendí de maestros de la talla de Euclides Corro, Antonio Díaz y Eric Rodríguez Auerbach, entre otros grandes profesionales de la pluma de aquél entonces.

Asi como con conductores, fotógrafos y periodistas que me formaron con su ejemplo y compañerismo, crecí.

Ellos recogían a su vez el legado de Mario Velásquez, Justo Fidel Palacios, Cristóbal Sarmiento y del propio Gaspar Octavio Hernández, cuya guía parece haberse quedado en el recuerdo, y para algunos es como mucho, una fotografía o un retrato hablado en los cada vez menos frecuentes corrillos de las salas de redacción.

En esa época, las grabadoras eran enormes, las cámaras pesadísimas y en la calle se tomaba nota a mano y se escribía a máquina, casi todas marca Olimpia, ruidosas y acostumbradas al maltrato, a los golpes orquestados de los dedos.

Siempre admiré la fuerza de Rolando Aizpú y su entrega y dedicación para manejar y cargar una poderosa cámara ‘tres cuartos’ (3/4) en medio de protestas estudiantiles y las gigantescas marchas de los educadores en los años 80.

También aprendí la magia del periodismo, cual fiel escudero, al lado de periodistas de estirpe como: James Aparicio, Juan Pritsiolas, Juan Diaz, Arnulfo Barroso, Rolando Rodriguez, José Quintero De León, Luis Vasquez, Julia Elena Alvear y Jose Otero, entre otros.

No había teléfonos “inteligentes”, pero eso no parecía ser importante, éramos capaces de hacer nuestro trabajo bien, con lo simple, lo elemental, la maravilla de la memoria.

Pero en poco más de una generación, la tecnología se lo ha comido todo y para ser periodista parece que solo se necesita una buena conexión a Internet.

El periodismo, como lo conocí hace 35 años, está a punto de desaparecer, contra los esfuerzos de los que gestaron su crecimiento y desarrollo desde las aulas universitarias, como Milciades Ortiz, Melida Sepulveda y René Hernández.

Las nuevas promociones se fían más del corrector automático y de Wikipedia que del diccionario y la propia memoria. Tal vez porque no la tienen, o se les quedó olvidada en el olvido.

No soy yo uno que se oponga al avance de la sociedad y sus inventos, todos en algún momento han sido tema de información y noticia, pero el desequilibrio que se asoma entre pasado y futuro, binomio que debe marcar el presente, me preocupa como ciudadano.

Se nos muere el periodismo objetivo, en los brazos, en medio del estanque de los tiburones de la envidia.

También me preocupa que en esta era de hípercomunicación que vivimos, sobren cada vez más periodistas: Los artesanos del oficio de informar, y surgen cada vez más comunicadores improvisados, creados como robot en serie, gestados por la tecnología, pero sin talento y formación académica.

La trayectoria probada, la veteranía, la experiencia ganada en tantas batallas parece no pesar frente al manejo de redes y el lenguaje virtual, sin sustancia y técnica informativa.

Se nos escapa que son los periodistas “viejos” los que más fácil identifican al poder detrás de la información y más fácil también ayudan a desenmascararlo.

La sociedad necesita tecnología, sí, y la juventud habla ese idioma, pero también requiere del traductor humanista con canas, que conozca el contexto de los poderosos.

El periodismo, que no se nos olvide, vela por los intereses de todos, no de unos pocos…y defiende la sociedad en derechos dándoles publicidad. Lo que no se conoce no se aprecia, ni se defiende.

En el ejercicio de esa práctica democrática, la libertad de expresión y de prensa se ejerce desde la primigenia libertad e independencia del periodista.

Sin periodismo no hay democracia, no lo digo yo, pero es que sin periodistas no hay periodismo…y esa aseveración, no por obvia menos importante, si es mía.

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