Artículos de Opinión

PENSANDO EN VOZ ALTA SOBRE POLÍTICA
11 de julio de 2020
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Martiniano Higuero | Articulo de Opinión | 11 de julio de 2020

Intentar determinar que en Panamá una sola causa es el mayor problema político seria engañarnos a nosotros mismos; la historia y la realidad nos devela un panorama complicado dadas las circunstancias en que se desenvuelve el país.

La población panameña se acostumbró al paternalismo gubernamental durante la época de la dictadura militar; iniciado el camino hacia la democracia incipiente, los políticos mantuvieron esa misma forma de hacer campañas electoreras, desembocando en una democracia que a la fecha, no termina de madurar y caemos cada cinco años en los engaños y discursos demagógicos de los políticos partidistas y trasnochados del patio.

La falta de educación y cultura política, conjuntamente con la desigualdad económica y social, son los caldos de cultivos que dan a los políticos electoreros y sin conciencia de país y de nación, el camino rampante a la compra de conciencias ciudadanas y que cada quinquenio se convierte en clientelismo electorero, es aquí donde recordamos esta frase célebre de Juan Jacobo Rousseau “No puede haber expresión adecuada de voluntad popular si existen pobres tan pobres que no tengan más alternativa que vender su voto, y ricos que puedan comprarlos sin dificultad”.

Los inicios de la democracia panameña después de la invasión Norteamérica nos dejó una tarea pendiente que no se ha cumplido y por lo que se ve, no se cumplirá en este periodo: el cambio de la Constitución de la República; conscientes que éste no significa la solución integral al desastre existente en la política, pero que le dará al pueblo desde la Asamblea Constituyente, la oportunidad de hacer los cambios necesarios, que busque nuevos derroteros en medio de la pérdida de valores que vivimos. “Un pueblo tiene siempre el derecho a revisar, reformar y cambiar su Constitución. Una generación no puede someter a sus leyes a las generaciones futuras” (Constitución francesa de 1793, artículo 28).

Debemos encaminar el país a un verdadero Estado de Derecho donde cada órgano del Estado cumpla su función como lo determine la constitución, que los panameños pongamos nuestra vocación democratizadora como un todo y que la vocación constitucionalista sea la certeza plena de que debemos ser gobernados por leyes y no por hombres (como lo planteaba Heródoto). No podemos continuar escogiendo y manteniendo la kakistoscrácias o el gobierno de los peores, como lo denomina Michelangelo Bovero.

Esto solo se logrará estableciendo una educación integral de calidad, que forme a los ciudadanos con una mentalidad democrática, donde elevemos los valores, donde el debate de las ideas sea la tónica que robustecería la democracia panameña.

Se necesita crear más espacios de participación ciudadana, que el individuo no solo participe de la política para emitir un voto en las elecciones, sino que se fortalezca un nuevo modelo de democracia moderna, es decir la “Democracia Participativa Real”.

Como nos señala el escritor mejicano Carlos Fuentes: “La modernización de Latinoamérica pasa, pues, por la democratización política. Para modernizar desde el punto de vista social y económico, es necesario modernizar el poder político”.

Intentar determinar que en Panamá una sola causa es el mayor problema político seria engañarnos a nosotros mismos; la historia y la realidad nos devela un panorama complicado dadas las circunstancias en que se desenvuelve el país.

La población panameña se acostumbró al paternalismo gubernamental durante la época de la dictadura militar; iniciado el camino hacia la democracia incipiente, los políticos mantuvieron esa misma forma de hacer campañas electoreras, desembocando en una democracia que a la fecha, no termina de madurar y caemos cada cinco años en los engaños y discursos demagógicos de los políticos partidistas y trasnochados del patio.

La falta de educación y cultura política, conjuntamente con la desigualdad económica y social, son los caldos de cultivos que dan a los políticos electoreros y sin conciencia de país y de nación, el camino rampante a la compra de conciencias ciudadanas y que cada quinquenio se convierte en clientelismo electorero, es aquí donde recordamos esta frase célebre de Juan Jacobo Rousseau “No puede haber expresión adecuada de voluntad popular si existen pobres tan pobres que no tengan más alternativa que vender su voto, y ricos que puedan comprarlos sin dificultad”.

Los inicios de la democracia panameña después de la invasión Norteamérica nos dejó una tarea pendiente que no se ha cumplido y por lo que se ve, no se cumplirá en este periodo: el cambio de la Constitución de la República; conscientes que éste no significa la solución integral al desastre existente en la política, pero que le dará al pueblo desde la Asamblea Constituyente, la oportunidad de hacer los cambios necesarios, que busque nuevos derroteros en medio de la pérdida de valores que vivimos. “Un pueblo tiene siempre el derecho a revisar, reformar y cambiar su Constitución. Una generación no puede someter a sus leyes a las generaciones futuras” (Constitución francesa de 1793, artículo 28).

Debemos encaminar el país a un verdadero Estado de Derecho donde cada órgano del Estado cumpla su función como lo determine la constitución, que los panameños pongamos nuestra vocación democratizadora como un todo y que la vocación constitucionalista sea la certeza plena de que debemos ser gobernados por leyes y no por hombres (como lo planteaba Heródoto). No podemos continuar escogiendo y manteniendo la kakistoscrácias o el gobierno de los peores, como lo denomina Michelangelo Bovero.

Esto solo se logrará estableciendo una educación integral de calidad, que forme a los ciudadanos con una mentalidad democrática, donde elevemos los valores, donde el debate de las ideas sea la tónica que robustecería la democracia panameña.

Se necesita crear más espacios de participación ciudadana, que el individuo no solo participe de la política para emitir un voto en las elecciones, sino que se fortalezca un nuevo modelo de democracia moderna, es decir la “Democracia Participativa Real”.

Como nos señala el escritor mejicano Carlos Fuentes: “La modernización de Latinoamérica pasa, pues, por la democratización política. Para modernizar desde el punto de vista social y económico, es necesario modernizar el poder político”.

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