PARA MIRAR CON LA MEMORIA

La elipse cónica: conversando de artes y letras.

PARA MIRAR CON LA MEMORIA

MANUEL E. MONTILLA (Panamá, 1950).
Investigador visual y literario, viandante, gestor cultural, editor y diseñador de libros, crítico, coleccionista y curador de arte, conferencista, calígrafo, comunicador interactivo, bibliófilo, herrero de la palabra, artista plástico pluridisciplinario, con múltiples galardones. 30 exposiciones individuales y más de 800 participaciones en exhibiciones colectivas y bienales de arte en diversos continentes. Murales en Alemania, Japón y Panamá. Colabora con textos, poemas, ensayos, dibujos, viñetas y fotografías en diversas publicaciones nacionales y foráneas.
Director Ejecutivo de la Fundación para las Artes Montilla e Hijos, de la Pinacoteca de Arte Contemporáneo de Chiriquí y del Sistema Editorial Fundación. Representante y curador, para Panamá, de la Bienal Internacional de la Acuarela del Museo Nacional de la Acuarela Alfredo Guati Rojo, en México. Representante Nacional para Panamá de la International Watercolor Society (IWS).
Forma parte del Comité de Bioética de la Universidad Autónoma de Chiriquí y es colaborador para la organización del Congreso Nacional de Afrodescendientes que se gesta, anualmente, en esa primera casa de estudios.
Reside en David, Chiriquí, donde se dedica al impulso de lo cultural, a las investigaciones visuales, literarias, filosóficas, etnológicas y conceptuales, al diseño gráfico y editorial, a la fotografía de arte, a la edición de libros alternativos, al arte público y a las acciones de arte. Deambula en silencio por los caminos de una Mesoamérica plena de horizontes.

En algún párrafo de su libro de ensayos, ¿Para qué sirve la poesía?, el bardo catalán Agustí Bartra nos describe a la palabra poética como una niña, fea, flaca y triste. Por su parte Roger Caillois, en su texto Las imposturas de la poesía, reafirma su pronta disposición a combatirla antes que abandonarse a ella. Por tanto, para tus interrogantes, debo decirte que hay mil y una respuestas; y todas son certeras, y todas son sesgadas, y todas son falaces. De cierto que en la vida del hombre lo que prevalece es la transmutación, el cambio, el devenir. Podría afirmarte, con vocablos del escultor Alberto Giacometti, que prefiero la vida al arte. Es una certeza que descubrí con la primera luz, con el primer estupor y que se reafirma al conjurar el decurso de las horas en tránsito por las aguas que devienen en tu mirar.
El día a día, con su tráfago de sueños claudicados, con sus miríadas de obcecaciones, de necedades, de sorpresas y devaneos, de alegrías, de devastación y pequeños triunfos, nos descubre un universo tan asombroso y rico, que el arte es un pálido remedo y un poco apetecible botín de novedades. Pero así somos los seres humanos, con ternuras etéreas y odios abismales, con algarabías y llantos, con deslumbres y oscuridades. Y en ese recodo de la senda se agazapan el arte y la palabra para morder con furia desatada, hasta el hueso. Luego te miran, te abrazan y te olvidas del cataclismo que te cubre de argumentos iconoclastas, orgánicos, ampulosos, oscuros y concurrentes.
Pero tú quieres saber cómo me interesé en eso que hemos dado en llamar poesía y sus nutridos subterfugios. En verdad te digo que es cual preguntar al tigre por qué caza, al colibrí por qué vuela frenético, o a tu corazón por qué late a prisa en ese instante de plenitud en que te descubres mujer. Es cierto, hay un preciso encanto que no se podría obviar; ese singular sentimiento de desarraigo y desamparo que nos anota como seres no mensurados, como sombras de luz, como tormentas estelares. Y… de pronto, estas manos débiles, constreñidas, son armas irreductibles en un combate inenarrable cuyo fin último es develar a nuestro Creador, concitar la alborada y marcar el horizonte con la certeza de este periplo vano. Entonces, cual Odiseos, aspiramos el aire lejano de Ítaca y sabemos que no nos esperan, pero que llegaremos y habrá festejos, jolgorio, muerte y destrucción.
¿Inspiración, dices? Déjala a los vagos, inútiles, pederastas, débiles mentales y su caterva de eunucos. El creador se sustenta y apoya en el trabajo denodado, preciso, investigativo, portentoso, tenaz, inflexible en cada segundo. Nada del azar y la suerte, sólo un oficio que crece con la fuerza que le impongas. ¿Talento?, No, el talento es solo perseverancia, dejando el cuero y la carne en cada jornada, en cada idea, en cada emoción, en cada golpe de pincel o martillo, o bolígrafo, o partitura, en cada puñetazo de odio y frustración ante el fracaso. Y luego a levantarse y seguir como si la vida se nos fuera. Y se nos va, en verdad.
¿El ser un creador de sueños es difícil?, nada más lejos de la verdad. Es como ser carpintero, doctor, ingeniero, abogado, periodista, boxeador, mártir en su cruz, o cualquier pelafustán. ¿Qué si necesitan apoyo?, ¡Joder…!, como diría mi carnal, el hispano Vitoria. ¡A trabajar bola de palurdos! ¡Fuera lloriqueos y lisonjas! ¡A trabajar, junta de inútiles! El artista es un guerrero sin luz ni sombra, es un demiurgo y un Golem, es un miserable y un asceta, un ser humano que sueña que sueña que es soñado y sigue soñando mientras agarra por el pescuezo a la vida y a golpes le saca el secreto nombre jamás revelado. Después se sienta, se bebe un vaso de vino negro y se duerme tranquilo, con sueños de impudicia, o fornica alucinado a su mujer o simplemente calla y olvida.
¿Consejos para mirar el arte o leer un poema? Ustedes, espectadores ávidos, saben más y mejor de lo que yo les podría hablar. Persistencia, desvelos, oficio, arduas noches de farra y días de bochorno y asfixia. La lectura mitiga los afanes, las mujeres nos desnudan el alma y al caer la noche se reanuda el combate sempiterno. Malditos por siempre, sin puertos de arribo, cansados y pendencieros, sin claudicaciones ni vergüenzas, podremos partir en la hora nona porque amamos lo que hacemos, porque no nos rendimos, ni claudicamos, ni siquiera en la derrota. Porque somos la raza bestial de la que nacen los arcángeles, porque somos tormentosos depredadores. Endriagos violentos en un mundo de hierro y fuego, de hielo y piedra.
En fin, querida amiga, ni en el infierno somos bienvenidos, y eso que nosotros inventamos al demonio y a toda su corte de perdedores. Pero que dulce el néctar de tus labios cuando sonríes, me miras y comprendes que sólo soy un hombre que camina; que reposa su frente en tu seno bienhechor y duerme para rememorar leones marinos, aguas azules y tu cuerpo pleno de epifanías, de dádivas. Nada más, nada menos.
No comento exprofeso, hermosa niña, de las obras cuyas imágenes verás por doquier y de las letras que cabriolean en las páginas blancas. Sería labor inútil y desvergonzada el pretender autoría alguna y no la posesión intransferible, única, del que, bien o mal, las mire, las lea, las decante. El ejercicio de cualquier arte no significa conocimiento o prelación ante lo evidente. El ojo que mira, el oído que escucha, aunque sea tuerto o ciego o sordo, está más autorizado que mil palabras retóricas y huecas. En tales disyuntivas sólo te podría recomendar, muy quedo, que cierres los ojos y mires con toda el alma. Descubrirás cosas que a mí jamás se me hubiesen ocurrido. Y serán tuyas, y serán buenas, y yo seré feliz.

Manuel E. Montilla
David, Chiriquí, Panamá.

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