Artículos de Opinión

PARA MIRAR A LA PINTURA AFROPANAMEÑA (Parte uno)
17 de octubre de 2019
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La elipse cónica: conversando de artes y letras.

PARA MIRAR A LA PINTURA AFROPANAMEÑA (Parte uno)

MANUEL E. MONTILLA (Panamá, 1950).
Investigador visual y literario, viandante, gestor cultural, editor y diseñador de libros, crítico, coleccionista y curador de arte, conferencista, calígrafo, comunicador interactivo, bibliófilo, herrero de la palabra, artista plástico pluridisciplinario, con múltiples galardones. 30 exposiciones individuales y más de 800 participaciones en exhibiciones colectivas y bienales de arte en diversos continentes. Murales en Alemania, Japón y Panamá. Colabora con textos, poemas, ensayos, dibujos, viñetas y fotografías en diversas publicaciones nacionales y foráneas.
Director Ejecutivo de la Fundación para las Artes Montilla e Hijos, de la Pinacoteca de Arte Contemporáneo de Chiriquí y del Sistema Editorial Fundación. Representante y curador, para Panamá, de la Bienal Internacional de la Acuarela del Museo Nacional de la Acuarela Alfredo Guati Rojo, en México. Representante Nacional para Panamá de la International Watercolor Society (IWS).
Forma parte del Comité de Bioética de la Universidad Autónoma de Chiriquí y es colaborador para la organización del Congreso Nacional de Afrodescendientes que se gesta, anualmente, en esa primera casa de estudios.
Reside en David, Chiriquí, donde se dedica al impulso de lo cultural, a las investigaciones visuales, literarias, filosóficas, etnológicas y conceptuales, al diseño gráfico y editorial, a la fotografía de arte, a la edición de libros alternativos, al arte público y a las acciones de arte. Deambula en silencio por los caminos de una Mesoamérica plena de horizontes.

La cultura es la columna vertebral de las sociedades humanas. Ella nos dice quiénes somos, define nuestros orígenes y vislumbra las potencialidades de los hombres que la integran. Por norma general las estipulaciones de los conglomerados hegemónicos se imponen como estrategias, normas y conductas a los subyugados. No es por lo tanto sorprendente la vinculación de la cultura, y de las artes, a estos nuevos parámetros en los dominados. Lo que también se impone, sotto voce, es la resistencia de las víctimas que acaban imbricando, de forma subterránea, su propia visión, usos, costumbres, mitos e historia. Al final la resultante es una mixtura heterogénea que construye una sociedad desigual, muy diferente a sus partes originarias.

Al respecto la conservadora jefe del Centro Pompidou, Christine Macel, expresa: “Cuando uno se acerca a la cultura o ejerce un oficio artístico, se opone necesariamente al repliegue sobre sí mismo y al odio respecto al otro. El arte se inscribe en una lógica de apertura, porque siempre implica una relación con ese otro.” Empero, en los ámbitos sociales, políticos, académicos, educativos y económicos, campean otros parámetros, más ligados a una tradición humana enraizada en la dominación, la imposición y la segregación. Los hombres que trabajan en las artes y en la cultura no están exentos de tales influjos.

Un dato anecdótico: el único postulante a candidato para el solio presidencial de raza negra en Panamá ha sido Carlos A. Mendoza, del arrabal santanero, quien fue el Primer Designado de José Domingo de Obaldía, y como tal detentó la magistratura suprema del estado al óbito de este. Pero cuando quiso presentarse para Presidente en propiedad fue disuadido por la oligarquía criolla, precisamente por ser negro. Desde aquella época, iniciado el albor de la República, no se ha prohijado ningún otro intento de la comunidad con antecedentes africanos para tal designación.

Charles Morazé, en “La lógica de la Historia”, comenta: “La historicidad es un juego de disimetrías activas, cuyos excesos son de la misma historia, que solo suscita novedad y progreso destruyendo lo adquirido anteriormente. Lo histórico prolonga así a lo biológico a través de las pasiones y gracias a la invención.” Y agrega: “Del juego normal de las regulaciones elementales ordenadas por la hemostasia fisiológica dependen las de las colectividades y las de sus sucesiones. Porque el proceso emotivo, incluso cuando parece más individual, depende también de lo colectivo.” Concluyendo: “Lo que sentimos en lo más profundo de nuestro ser, más allá del sentimiento primordial e instintivo de las vicisitudes de existir, pertenece a lo que el grupo enseñó a imaginar y utilizar.” Más sencillo, nos guste o no, somos una construcción social con un entorno específico que nos marca, nos signa y nos define.

Tres breves interrogantes

¿Qué es y para qué sirve el arte?

“El arte es un hecho específico del hombre. El hombre es un hecho específico del arte”, anota el filósofo francés André Comte-Sponville. Por su parte Hegel nos dirá: “Lo que buscamos en el arte, como en el pensamiento, es la verdad.” Alain infiere: “Todas las artes son como espejos en los que el hombre conoce y reconoce algo de sí mismo que antes ignoraba.” Heidegger, reflexiona: “El arte hace brotar la verdad. De un golpe, el arte hace surgir en la obra, en tanto que salvaguarda instauradora, la verdad del ente.”

María Zambrano, escribiendo sobre la pintura en particular, pero del arte en general: “un espejo, en el que no solo podía ver, sino que además tenía que hablar de lo que veía, para desvelarlo, para desvelar el enigma que encierra…” Su Maestro, Ortega y Gasset: “Todo artista al nacer asesina a sus posibles iguales. No es lícito repetir a otro.” E infiere: “El arte es reflejo de la vida, es naturaleza vista al través de un temperamento, es la representación de lo humano.”

Para concretarlo lacónico: el arte es la nada en la nada y no sirve para nada. Pero sin él, ¿qué sería de la vida y de nosotros?, ¿cómo expresaríamos nuestra existencia?, ¿cómo vislumbraríamos ese anhelo innombrado de absoluto que nos habita? ¿cómo enfrentaríamos el hecho incuestionable de nuestra finitud? El arte hace al hombre. El hombre es construido, transformado y salvaguardado por el arte. Sin el arte el hombre no existe. Sin el arte el hombre sería un ser extenuado.

Entonces, ¿existe el arte negro? ¿el arte femenino? ¿el arte enajenado?

No. No existe arte negro, blanco, verde o azul. No existe arte masculino o femenino. No existe arte occidental, oriental o africano. No existen categorías en el arte. No existe el arte medieval, renacentista o contemporáneo. No existe arte bueno o malo. Degenerado o púdico. Solo existe el ARTE, con mayúsculas, y punto. Todas los demás son inflexiones e inventos humanos, en la vana idea de sistematizar lo que está más allá de su comprensión inmediata y pueril.

Existe el Arte hecho por africanos, europeos, orientales, americanos, bosquimanos, etcétera. Existe poesía hecha por mujeres y poesía hecha por hombres. Existe poesía escrita por homosexuales y por lesbianas. Existe todo lo que se quiere que exista. Pero eso solo son categorías implantadas por la humana necesidad de pertenencia y clasificación. Y eso nada tiene que ver con el Arte como tal. El Arte está exento de ceñimientos y nomenclaturas.

Lo expresa Ortega y Gasset: “El objeto estético es una intimidad en cuanto tal —es todo en cuanto yo.”

¿Racismo, segregación y arte?

El dramaturgo James Baldwin ha expresado: “en alguna parte, algo les ocurrió un día a los blancos, no sé qué, y les dictó su concepción de la realidad. Algo que tiene que ver con su idea de la religión, cualquiera que sea.”

Por su parte la antropóloga Margaret Mead, afirma: “tres cosas que debíamos hacer: apreciar las diferencias culturales, respetar las diferencias políticas y religiosas e ignorar la raza. Ignorar absolutamente la raza.” (En tiempo posterior cambiará este último postulado, ante la evidencia de la imposibilidad humana de la abstracción absoluta).

Baldwin nos acota: “Tenía alrededor de catorce años y mi madre me enseñó a pararme en el metro y cederle el asiento a una mujer. Pero algunos predicadores me dijeron que nunca debería darle el asiento a una blanca. Esto, por un tiempo, me produjo un tremendo conflicto, porque pararme por una blanca podría haber parecido un acto de servilismo. Resolví este problema muy limpiamente no sentándome nunca en el metro. Pero era traumático, porque debía pensar en eso y pensarlo por mí mismo y decidir si el color de una mujer es más importante que el hecho de que sea mujer.”

El racismo (exaltación de la superioridad de la propia raza frente a las demás, basándose en prejuicios de características biológicas) y la segregación (marginación de un cuerpo social en razón de su sexo, cultura, raza o ideología) han estado, desde ha mucho, en la agenda de todos los grupos sociales, religiosos, políticos o raciales. No son patrimonio de un solo estamento. Nadie es el dueño absoluto de la estulticia. Por supuesto, los detentores del poder, en cada época y lugar, lo han utilizado de suerte más eficaz y contundente según su agenda y posibilidades.

Muchas de las veces es una autoimposición de juicios con características negativas, tomadas de antemano, o por presiones culturales, políticas, religiosas, que se externan sin los postulados o conocimientos necesarios. Sin más aquiescencia motivacional que los prejuicios adquiridos y sostenidos por la necedad y el entorno.

El Arte no está exento de tales derroteros. Aunque a fuer de honestos, no es el Arte en sí. Somos nosotros, los seres humanos, los contenedores de tales imposturas, de tamaños escrúpulos, de la extensión de los tabúes y de las arbitrariedades. Es nuestra ignorancia. Son nuestros miedos. Es la estupidez congénita que nos agobia.

Breviario de artes y letras con manifestaciones negroides en Panamá

“Pintor, ten cuidado, no sea que la codicia sea un incentivo más fuerte que el reconocimiento en el arte, porque el obtener este reconocimiento, es algo mucho más grande que la riqueza.” – Leonardo da Vinci

Panamá es un puente de tránsito donde gentes de todas las cataduras, y raleas, se han reunido de siempre para un vario negocio. Inclusive desde mucho antes de la invasión, conquista y brutal catequización hispana. Es propio de tales patrias el ser de mirada exógena y ponderar en menos lo propio. No es la nuestra la salvedad al caso.

Entrando el siglo veinte tuvimos en Gaspar Octavio Hernández y León A. Soto, los primeros negros en las letras istmeñas de algún destaque. Aunque fueron poetas sociales sus escritos no se tiñeron de negritud o muy escaza hubo en ellas que pudiese destacarse. Con Demetrio Korsi, de origen griego, hay un algo del ritmo cimbreante negro y no es sino hasta el chiricano, nacido en Bugaba, Víctor Manuel Franceschi (Carbones, 1956), que retumban algo los tambores africanos en nuestra poesía. Por lo menos en la llamada “poesía culta”, que en la tradición popular los cantos negros vienen desde la lejana África con el dolor de cada esclavo, resuenan en los cimarrones y llegan a los presentes días con los tambores de nuestro folclore.

En las letras posteriores hay un cierto escepticismo y menoscabo al respecto. Hasta el día de hoy nos falta el gran poeta negro. No digo que no haya escritores de piel oscura, anoto que el tema como tal ha sido soslayado y carecemos de esa vos perdurable y alta que, por ejemplo, admiramos en Cuba con un Nicolás Guillén, en Colombia, con el poeta de ébano, Jorge Artel, con René Depestre en Haití, con Quince Duncan en Costa Rica, con Langston Hughes en Estados Unidos, con Derek Walcott, la gran voz, desde Santa Lucia, para toda la poesía de habla inglesa. Por anotar solo algunos nombres al azar.

Gerardo Maloney es, en cierta manera, el referente panameño más cercano a una poesía que aborda el tema negro con aliento contemporáneo, visceral y comprometido. Otros escritores afropanameños que han tocado la temática son Juan Urriola, Carlos Guillermo (Cubena) Wilson y Melva Lowe de Goodin. En la modalidad de ensayo, dos chiricanos han aportado textos a esta exigua bibliografía: Mario José Molina Castillo, con su obra, “La tragedia del color en el Panamá Colonial 1501-1821”, publicado en el 2011 y Damaris Serrano, con, “Panamá: (re)cuentos de la nación en diáspora”, Premio Miró 2013. Por su parte, Luis Wong Vega, Winston Churchill James y Raúl Houlstan entregan su antología bilingüe de poesía afroantillana en Panamá “Rapsodia Antillana” en el 2013, donde recogen la voz de cuarenta poetas negros.

En la plástica el panorama es aún más deprimente, acuciante y desolador. Al tema del negro se le otorga más bien un aire costumbrista, banal, folclórico. No hay una verdadera pintura de reciedumbre negra en Panamá. Por lo general nuestras artes pictóricas son anecdóticas, decorativas y carentes de impronta. De supuesto ha habido pintores de piel cetrina o que han desarrollado el tema negro desde las características de lo obvio. Nunca en profundidad y menos con una investigación histórica y humana de base sólida. Tal vez, caso aparte se ha dado en la fotografía de Sandra Eleta y su serie sobre Portobello y en la impronta pictórica del chiricano Miguel Ángel Morales. Pero son asuntos aislados.

Algunos artistas, a través de la historia, han expresado a su manera este ejercicio de encuentros y desavenencias. De vindicaciones y de marginalidades.

Edward Munch: “No queremos pintar cuadros bonitos para ser colgados en las paredes del salón. Queremos crear, o al menos sentar las bases de un arte que le dé algo a la humanidad.”

Eduardo Chillida: “El arte está ligado a lo que no está hecho, a lo que todavía no creas. Es algo que está fuera de ti, que está más adelante y tú tienes que buscarlo. De otra manera, uno estaría todo el tiempo repitiéndose.”

Vincent Van Gogh: “Los pescadores saben que el mar es peligroso y la tormenta terrible. Pero eso no les impide hacerse a la mar.”

Michelangelo Buonarroti: “El mayor peligro, para la mayoría de nosotros, no es que nuestra meta sea demasiado alta y no la alcancemos, sino que sea demasiado baja y la obtengamos”.

Ernesto Sabato: “Les pido que nos detengamos a pensar en la grandeza a la que todavía podemos aspirar si nos atrevemos a valorar la vida de otra manera. Les pido ese coraje que nos sitúa en la verdadera dimensión del hombre. Todos, una y otra vez, nos doblegamos. Pero hay algo que no falla y es la convicción de que —únicamente— los valores del espíritu nos pueden salvar de este terremoto que amenaza la condición humana.”

Extensos, subjetivos y controversiales suelen ser los temas en la égida de lo que atañe a las cosas de lo humano. Cada quien pondrá su pica en Flandes. Y es lo positivo, plausible y mesurado. En el consenso de opiniones varias podremos avizorar algún camino que nos haga encontrarnos, algún punto de inflexión común. De tales saturnales saldrá el avistamiento de lo que somos, de cómo nos construimos y del mundo que dejaremos. (En próxima entrega la segunda parte de este escrito).

Texto: Manuel E. Montilla David, Chiriquí, Panamá

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