Artículos de Opinión

LA NOCHE TRISTE DE LA INVASIÓN
20 de diciembre de 2019
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Por: Silvio Guerra Morales.

No formo parte del ejército de personas que aplaudieron y siguen dando muestras de beneplácito por semejante acto de guerra y de agresión sin límites por parte de la más poderosa nación de la Tierra en contra de una de las más pequeñas.
La invasión, denominada “Operación Justa Causa”, fue un crimen de lesa humanidad.
Luego de la invacsion a Panama, como se sabe, siguieron otras agresiones de igual o peor magnitud para con otros países. Sobre todo en el Oriente.
“Operación Justa Causa” fue el nombre hipócrita con que se bautizó el nacimiento de la crueldad para con nuestro pueblo. Pues nunca, jamás, en la mente de un hombre lógico y cuerdo, puede hallar acomodo el argumento de que para sacar a un hombre del poder, por muy arbitrario que haya sido, había que masacrar a una nación en la forma tan cruel y perversa como se hizo.
Cientos de vidas, miles de panameños, fueron brutalmente atacados y sin tener mayor capacidad o potencialidad de repeler o contrarrestar el ataque. Fue una lucha o pelea descomedida. Que rebasó toda racionalidad. No hubo principio ni norma para el ataque. Fue, sencillamente, un ataque despiadado y violento.
La entrega del extinto General Noriega, la forma de cómo se dio, da cuenta de que no había necesidad alguna de emplear tanta violencia ni de hacer un despliegue tan similar a los propios de una guerra. Y eso que luego hubo posiciones, de parte y parte, que negaban el carácter de guerra que connotó a la invasión por parte de Estados Unidos de America a nuestro Panamá. No hay duda alguna: Fue una guerra, cruel e injusta.
Mucha gente inocente. Victimas del más vil acto de guerra. Fue una pelea entre el Goliat, soberbio y despiadado, en contra del David que solo tenía piedras en su alforja. Solo que, a diferencia del David bíblico, aquí, en esta historia de sangre, Goliat ni siquiera fue herido.
Miedo? Muchos panameños no pensamos en el miedo. Pensábamos en nuestras familias. En los amigos. Guardados en nuestros hogares entre tanto se escuchaba el altisonante y sórdido explotar de las bombas, los cañonazos.
Las tanquetas gringas lucían soberbias. Los soldados gringos airosos de haberle “ganado a un débil”. O tal vez mejor debo decir “A una población que no luchó”. De haberlo hecho, de seguro, los mártires habrían sido mayoría y más poderosos después de la muerte. Que hidalgos lucen los valientes tendidos en el campo de guerra y qué cobardes los que huyeron!
Pero fuimos intimidados. La infantada gringa recibió aplausos de hombres y mujeres que salían a vitorearlos. Ahí quedó plasmado parte del “orgullo nacional” que luego de ser humillado aplaudía a sus tiranos.
Nuestro vino es amargo. Pero es, indiscutiblemente, nuestro vino.
Sabemos que antes de la invasión ya los propios asesores de Noriega buscaban una salida razonable. No destructiva. Aniquiladora. Renato Pereira, en reciente entrevista a una canal de televisión, lo ha testimoniado de cómo él mismo fue a hablar con el Presidente Felipe González de España en aras de buscar una salida sin los traumas y sin el costo de tantas vidas que se nos fueron.
Jamás!!!! Jamás podré aplaudir la invasión. Ella no hizo otra cosa que desnudar nuestra falta de carácter y de hidalguía para resolver nuestros propios problemas. Jamás lo haría.
Conocí a mucha gente que murió. Que ofrendaron la vida creyendo en la Patria y en lo que tal concepto encierra. A ellos: “Glorias por siempre”. Que la Patria toda inclinada, ante ellos, rinda un culto compungido y con llanto sincero en señal de reverencia.
!Vivan nuestros muertos en la invasión! !Que vivan por siempre!!!
Aunque es justo reconocerlo y aplaudirlo, pero tardíamente llega el calificar el nefasto y crudo, al más triste episodio de nuestra historia, como un Día de Duelo Nacional.
Ahora, Presidente Cortizo, falta que a cada uno de ellos se les califique como Héroes Nacionales.
Con ello estaríamos diciéndole al mundo que nunca jamás fuimos cómplices del horrendo ataque que nos hiciera Estados Unidos en aquella fatídica y mortal noche del 20 de Diciembre de 1989 cuyos efectos y desenlaces, reales, se extendieran hasta el 31 de enero de 1990, pero cuyas consecuencias desastrosas aún siguen dándose.
!Loor por siempre a los mártires de la noche triste de los panameños!

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