DE ESPEJISMOS Y REALIDADES CONSTITUCIONALES.

Abogado y Catedrático Universitario

Por: Silvio Guerra Morales.
¿Qué es lo que no ha sido dicho o escrito sobre lo concerniente a una nueva Constitución?. Mucho se ha analizado y si tuviésemos que hacer, de modo provisional, algunas conclusiones sobre este particular tema, bien podríamos arribar a las siguientes:
1. La Mesa por la Concertación Nacional, al no tener legitimidad social para proponer la renovación de la Carta Magna, perdió toda credibilidad y ha quedado, ante el país, como una mesa de concertados que no lograron concertar a nadie. Fue tan mala la convocatoria de esa mesa que el producto ofertado, tanto en forma como en el fondo, ha recibido un rotundo rechazo o repulsa social.
2. El debate se ha radicalizado, para los efectos de hacer una nueva Constitución, entre quienes optan por una Asamblea Constituyente Paralela o por la vía de una Asamblea Constituyente Originaria. Los que detentan el poder político nunca verán con buenos ojos una constituyente originaria por cuanto ésta implica poner a disposición de las nuevas instituciones y la organización política del Estado panameño, el poder político que se esté ejerciendo. Es decir, el gobierno quedaría en una escenario de provisionalidad o pro témpore frente a una nueva constitución producto de una Asamblea Nacional Constituyente Originaria. Significaría nuevas autoridades, nuevas instituciones, nuevas filosofías tanto en lo jurídico, social, cultural, educativo, económico, laboral, funcionarial, etc.
3. Han surgido algunos voceros, como se esperaba, señalando que la Constitución de 1972 ya no existe y que, por consiguiente, lo que tenemos es una constitución democrática que se adscribe a la matriz de las reformas constitucionales de abril 1983 y que ésta, sin duda alguna, devino en un nuevo modelo constitucional para los panameños, expresando, como corolario final que ésta es una buena constitución.
4. En otro orden, también no han faltado los que en una posición de total o absoluta negación de los nuevos aires del constitucionalismo de actualidad, han manifestado que de una constitución ni se vive ni se come, que una constitución no genera riquezas ni trabajo, menos comida. Si hacemos caso a este solapado argumento tendríamos que terminar diciendo o tal vez exclamando, voz a cuello: “Vivan los autoritarismos”, “Vivan las monarquías”, “ Vivan los gobiernos autocráticos”, “Vivan las dictaduras”, “Reinen las anarquías”. Formas éstas de gobernar que distorsionan el espíritu democrático y la participación social despotricando de todo aquello o que suene o diga referencia alguna al “Derecho”.
5. Que la actual Asamblea Nacional de Diputados no es el organismo que tenga la capacidad o competencia política, moral, ni jurídica para hacer propuestas de reforma a la constitución.
Frente a estas virtuales conclusiones, sin descartar otras que podrían advenir, confieso que nunca he negado, jamás, mi inclinación o apetencia por una Asamblea Nacional Constituyente Paralela, como la vía mas expedita y civilizada para darle al país una nueva Carta Magna.
En otras entregas, he sustentado las razones del por qué de esta convicción, pero resalto el hecho de que la nueva Constitución que surja de una Asamblea Nacional Constituyente Paralela habrá de respetar la institucionalidad, legitimidad y representatividad de los que, en las urnas, ganaron, mediante votos, el ascenso para hacerse titulares del poder político.
En consecuencia, cómo no demandar un nuevo texto constitucional para mi país?. Es que hemos venido con la reprochable práctica de estar emparchando la Constitución de 1972, y de la cual no es posible, tan siquiera predicar cuál es su filosofía ni como Estado ni como Gobierno y menos en la estructuración apropiada del ser nacional que debe estar plasmada, su tutela, seguridad y protección, en normas de carácter constitucional. En la Constitución actual nada se dice de la filosofía del desarrollo económico ni de cómo se concreta la justicia social. Menos aún de cuáles son las herramientas necesarias para dotar al Estado panameño de sólidas instituciones, propias de la Democracia, de la Administración de Justicia; de los principios de la economía y de todo cuanto concierne a la transparencia en la Administración Pública, en fin.
Tan solo daré un ejemplo, aunque personal, apropiado. Resultará que no han sido pocas las personas, sin siquiera pedirlo o sugerirlo, sino que ha sido algo espontáneo, y que han venido sugiriendo mi nombre para el cargo de Procurador General de la Nación. Sin duda alguna, ello me honra,. Pero también he dicho, públicamente, que si una prontísima reforma constitucional estatuyera que la figura del Procurador, a como otros cargos (no descarto Magistrados de la Corte) pudiesen ser elegidos por votación popular, sería yo un candidato que, de ser electo, solo rendiría cuentas a Dios, a mi conciencia y al pueblo panameño. Dios bendiga a la Patria. Yo le creo a Dios.

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